I -
EN LOS COMIENZOS... ¡EL MISTERIO!
¿Cuál es la historia de mi vocación sacerdotal? La conoce sobre
todo Dios. En su dimensión más profunda, toda vocación
sacerdotal es un gran misterio, es un don que supera
infinitamente al hombre. Cada uno de nosotros sacerdotes lo
experimenta claramente durante toda la vida. Ante la grandeza de
este don sentimos cuan indignos somos de ello.
La vocación es el misterio de la elección divina: "No me habéis
elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y
os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro
fruto permanezca" (Jn 15, 16). "Y nadie se arroga tal dignidad,
sino el llamado por Dios, lo mismo que Aarón'' (Hb 5, 4). "Antes
de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes
que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te
constituí" (Jr 1, 5). Estas palabras inspiradas estremecen
profundamente toda alma sacerdotal.
Por eso, cuando en las más diversas circunstancias -por ejemplo,
con ocasión de los Jubileos sacerdotales- hablamos del
sacerdocio y damos testimonio del mismo, debemos hacerlo con
gran humildad, conscientes de que Dios "nos ha llamado con una
vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia
determinación y por su gracia" (2 Tm 1, 9). Al mismo tiempo, nos
damos cuenta de que las palabras humanas no son capaces de
abarcar la magnitud del misterio que el sacerdocio tiene en sí
mismo.
Esta premisa me parece indispensable para que se pueda
comprender de modo justo lo que voy a decir sobre mi camino
hacia el sacerdocio.
Las primeras señales de la vocación
El Arzobispo Metropolitano de Cracovia, Príncipe Adam Stefan
Sapieha, visitó la parroquia de Wadowice cuando yo era
estudiante en el instituto. Mi profesor de religión, P. Edward
Zacher, me encargó darle la bienvenida. Así, tuve entonces la
primera ocasión de encontrarme frente a aquel hombre tan
venerado por todos. Sé que, después de mi discurso, el Arzobispo
preguntó al profesor de religión qué facultad elegiría yo al
terminar el instituto. El P. Zacher respondió: "Estudiará
filología polaca". El Prelado comentó: "Lástima que no sea
teología".
En ese período de mi vida la vocación sacerdotal no estaba aún
madura, a pesar de que a mi alrededor eran muchos los que creían
que debía entrar en el seminario. Y tal vez alguno pudo pensar
que, si un joven con tan claras inclinaciones religiosas no
entraba en el seminario, era señal de que otros amores o
aspiraciones estaban en juego. En efecto, en la escuela tenía
muchas compañeras y, comprometido como estaba en el círculo
teatral escolar, no faltaban diversas posibilidades de
encuentros con chicos y chicas. Sin embargo, el problema no era
ese. En aquel tiempo estaba fascinado sobre todo por la
literatura, en particular por la dramática, y por el teatro. A
este último me había iniciado Mieczyslaw Kotlarczyk, profesor de
lengua polaca, mayor que yo en edad. El era un verdadero pionero
del teatro de aficionados y tenía grandes ambiciones de un
repertorio de calidad.
Los estudios en la Universidad Jaghellonica
En mayo de 1938, superado el examen final de los estudios en el
instituto, me inscribí en la Universidad Jaghellonica para
realizar los cursos de Filología polaca. Por este motivo me
trasladé, junto con mi padre, desde Wadowice a Cracovia. Nos
instalamos en la calle Tyniecka 10, en el barrio de Debniki. La
casa pertenecía a los parientes de mi madre. Comencé los
estudios en la Facultad de Filosofía de la Universidad
Jaghellonica, siguiendo los cursos de Filología polaca, pero
sólo logré acabar el primer año, porque el 1de septiembre de
1939 estalló la segunda guerra mundial.
A propósito de los estudios, deseo subrayar que mi elección de
la filología polaca estaba motivada por una clara predisposición
hacia la literatura. Sin embargo, ya durante el primer año,
atrajo mi atención el estudio de la lengua misma. Estudiábamos
la gramática descriptiva del polaco moderno y al mismo tiempo la
evolución histórica de la lengua, con un particular interés por
el viejo tronco eslavo. Esto me introdujo en horizontes
completamente nuevos, por no decir en el misterio mismo de la
palabra.
La palabra, antes de ser pronunciada en el escenario, vive en la
historia del hombre como dimensión fundamental de su experiencia
espiritual. En última instancia, remite al insondable misterio
de Dios mismo. El redescubrir la palabra a través de los
estudios literarios y lingüísticos, me acercaba al misterio de
la Palabra, de esa Palabra a la cual nos referimos cada día en
la oración del Ángelus: ''La Palabra se hizo carne, y puso su
Morada entre nosotros'' (Jn 1, 14). Comprendí más tarde que los
estudios de filología polaca preparaban en mí el terreno para
otro tipo de intereses y de estudios. Predisponían mi ánimo para
acercarme a la filosofía y a la teología.
El estallido de la segunda guerra mundial
Pero volvamos al 1 de septiembre de 1939. El estallido de la
guerra cambió de modo radical la marcha de mi vida.
Verdaderamente los profesores de la Universidad Jaghellonica
intentaron comenzar de todos modos el nuevo año académico, pero
las clases duraron sólo hasta el 6 de noviembre de 1939. En ese
día las autoridades alemanas convocaron a todos los profesores a
una asamblea que acabó con la deportación de aquellos
respetables hombres de ciencia al campo de concentración de
Sachsenhausen. Acababa así en mi vida el período de los estudios
de filología polaca y comenzaba la fase de la ocupación alemana,
durante la cual al principio intenté leer y escribir mucho.
Precisamente a esa época se remontan mis primeros trabajos
literarios.
Para evitar la deportación a trabajos forzados en Alemania, en
el otoño de 1940 empecé a trabajar como obrero en una cantera de
piedra vinculada a la fábrica química Solvay. Estaba situada en
Zakrzówek, a casi media hora de mi casa de Debniki, e iba
andando hasta allí cada día. En aquella cantera escribí una
poesía. Releyéndola después de tantos años, la encuentro aún
particularmente expresiva de aquella singular experiencia:
"Escucha bien, escucha los golpes del martillo, la sacudida, el
ritmo.
El ruido te permite sentir dentro la fuerza, la intensidad del
golpe.
Escucha bien, escucha, eléctrica corriente de río penetrante que
corta hasta las piedras,
y entenderás conmigo que toda la grandeza del trabajo bien hecho
es grandeza del hombre...''
(La cantera: I; Materia, I)
Estaba presente cuando, durante el estallido de una carga de
dinamita, las piedras golpearon a un obrero y lo mataron. Quedé
profundamente desconcertado:
"Levantaron el cuerpo, en silencio avanzaban.
Abatidos, sentían en todos el agravio..."
(La cantera: IV; En memoria de un compañero de trabajo, 2.3)
Los responsables de la cantera, que eran polacos, trataban de
evitarnos a los estudiantes los trabajos más pesados. A mí, por
ejemplo, me asignaron el encargo de ayudante del llamado
barrenero, de nombre Franciszek Labus. Lo recuerdo porque,
algunas veces, se dirigía a mí con palabras de este tipo: "Karol,
tu deberías ser sacerdote. Cantarás bien, porque tienes una voz
bonita y estarás bien..." Lo decía con toda sencillez,
expresando de ese modo un convencimiento muy difundido en la
sociedad sobre la condición del sacerdote. Las palabras del
viejo obrero se me han quedado grabadas en la memoria.
El teatro de la palabra viva
En aquella época estuve en contacto con el teatro de la palabra
viva, que Mieczyslaw Kotlarczyk había fundado y continuaba
animando en la clandestinidad. La dedicación al teatro fue
favorecida al principio por el hecho de haber hospedado en mi
casa a Kotlarczyk y a su mujer Sofía, que habían logrado pasar
de Wadowice a Cracovia, al territorio del "Gobierno General".
Vivíamos juntos. Yo trabajaba como obrero, él primero como
tranviario y después como empleado en una oficina. Compartiendo
la misma casa, podíamos no sólo continuar con nuestras
conversaciones sobre el teatro, sino incluso realizar
actuaciones concretas, que tenían precisamente el carácter de
teatro de la palabra. Era un teatro muy sencillo. La parte
escénica y decorativa estaba reducida al mínimo; la actuación
consistía esencialmente en la recitación del texto poético.
Las representaciones tenían lugar ante un grupo reducido de
conocidos e invitados, que demostraban un interés específico por
la literatura y eran, de algún modo, "iniciados". Era
indispensable mantener el secreto sobre estos encuentros
teatrales, pues de lo contrario se corría el riesgo de graves
sanciones por parte de las autoridades de la ocupación, sin
excluir la deportación a los campos de concentración. He de
admitir que toda aquella experiencia teatral ha quedado
profundamente grabada en mi espíritu, a pesar de que en un
cierto momento de mi vida me di cuenta de que, en realidad, no
era esa mi vocación.
II -
LA DECISIÓN DE ENTRAR EN EL SEMINARIO
En el otoño de 1942 tomé la decisión definitiva de entrar en el
seminario de Cracovia, que funcionaba clandestinamente. Me
recibió el Rector, P. Jan Piwowarczyk. El hecho debía quedar en
la más absoluta reserva, incluso para las personas más
allegadas. Comencé los estudios en la Facultad teológica de la
Universidad Jaghellonica, también clandestina, mientras
continuaba trabajando como obrero en la Solvay.
Durante el período de la ocupación el Arzobispo Metropolitano
estableció el seminario, siempre de modo clandestino, en su
residencia. Esto podía desencadenar en cualquier momento, tanto
para los superiores como para los alumnos, severas represiones
por parte de las autoridades alemanas. Permanecí en este
seminario peculiar, al lado del amado Príncipe Metropolitano,
desde septiembre de 1944 y allí pude estar junto con mis
compañeros hasta el 18 de enero de 1945, el día -o mejor dicho,
la noche- de la liberación. En efecto, fue durante la noche
cuando la Armada Roja llegó a los alrededores de Cracovia. Los
Alemanes, en retirada, hicieron explotar el puente Debnicki.
Recuerdo aquella terrible detonación: la onda expansiva rompió
todos los cristales de las ventanas de la residencia arzobispal.
En aquel momento nos encontrábamos en la capilla para una
celebración en la que participaba el Arzobispo. El día siguiente
nos dimos prisa en reparar los daños.
Pero voy a volver a los largos meses que precedieron a la
liberación. Como he dicho, vivía con otros jóvenes en la
residencia del Arzobispo. Este nos había presentado desde el
primer momento a un joven sacerdote, que sería nuestro Padre
espiritual. Se trataba del P. Stanistaw Smolenski, doctorado en
Roma y hombre de una gran espiritualidad; hoy es Obispo auxiliar
emérito de Cracovia. El P. Smolenski comenzó con nosotros un
trabajo regular de preparación para el sacerdocio. Al principio
teníamos como superior sólo a un prefecto, el P. Kazimierz
Klósak, que había realizado sus estudios en Lovaina y era
profesor de filosofía. Por su ascesis y bondad suscitaba en
todos nosotros una gran estima y admiración. Daba cuentas de su
trabajo directamente al Arzobispo, del cual dependía también de
modo directo, por lo demás, nuestro mismo seminario clandestino.
Después de las vacaciones veraniegas del año 1945, el P. Karol
Kozlowski, procedente de Wadowice, antiguo Padre espiritual del
seminario en el período anterior a la guerra, fue llamado a
sustituir al P. Jan Piwowarczyk como Rector del seminario en el
que había transcurrido casi toda la vida.
Se completaban así los años de la formación del seminario. Los
dos primeros, aquellos que en el curriculum de los estudios se
dedican a la filosofía, los había cursado de modo clandestino,
trabajando como obrero. Los años sucesivos, 1944 y 1945, fueron
testigos de mi creciente dedicación en la Universidad
Jaghellonica, aun cuando el primer año después de la guerra fue
muy incompleto. El curso académico 1945/46 fue normal. En la
Facultad teológica tuve la suerte de conocer algunos profesores
eminentes, como el P. Wladyslaw Wicher, profesor de teología
moral, y el P. Ignacy Rózycki, profesor de teología dogmática,
el cual me introdujo en la metodología científica en teología.
Hoy abrazo con un recuerdo lleno de gratitud a todos mis
Superiores, Padres espirituales y Profesores, que en el período
del seminario contribuyeron a mi formación. ¡Que el Señor
recompense sus esfuerzos y sacrificios!
A comienzos del quinto año, el Arzobispo decidió que me
trasladara a Roma para completar los estudios. Fue así como,
anticipándome a mis compañeros, fui ordenado sacerdote el I de
noviembre de 1946. Aquel año nuestro grupo era, naturalmente,
poco numeroso: en total éramos siete. Hoy vivimos solamente
tres. El hecho de ser pocos tenía sus ventajas: permitía
estrechar lazos profundos de conocimiento recíproco y de
amistad. Esto se podía decir también, de algún modo, de las
relaciones con los Superiores y Profesores, tanto en el período
de la clandestinidad como en el breve tiempo de los estudios
oficiales en la Universidad.
Las vacaciones de seminarista
Desde el momento en que entré en contacto con el seminario
comenzó para mí un nuevo modo de pasar las vacaciones. Fui
enviado por el Arzobispo a la parroquia de Raciborowice, en los
alrededores de Cracovia. He de expresar profunda gratitud al
párroco, P. Jozef Jamróz, y a los vicarios de esa parroquia, que
se convirtieron en compañeros de vida de un joven seminarista
clandestino.
Recuerdo en particular al P. Franciszek Szymonek, que más tarde,
en tiempos del terror estalinista, fue acusado y sometido a
proceso con objeto de aleccionar a la Curia arzobispal de
Cracovia: fue condenado a muerte. Por suerte, poco después fue
absuelto. Recuerdo también al P. Adam Biela, un compañero del
instituto de Wadowice de más edad que yo. Gracias a estos
jóvenes sacerdotes tuve la posibilidad de conocer la vida
cristiana de toda la parroquia.
Algún tiempo después, en el territorio del pueblo de Bienczyce,
que pertenecía a la parroquia de Raciborowice, surgió un gran
barrio llamado Nowa Huta. Pasé allí muchos días durante las
vacaciones, tanto en el año 1944 como en el 1945, ya acabada la
guerra. Permanecía mucho tiempo en la vieja iglesia de
Raciborowice, que se remontaba aún a los tiempos de Jan Dugosz.
Dedicaba muchas horas a la meditación paseando por el
cementerio. Había traído a Raciborowice mi material de estudio:
los volúmenes de Santo Tomás con los comentarios. Aprendía la
teología, por decirlo así, desde el "centro" de una gran
tradición teológica. Empecé entonces a escribir un trabajo sobre
San Juan de la Cruz que continué después bajo la dirección del P
Ignacy Rózycki, profesor en la Universidad de Cracovia apenas
fue abierta de nuevo. Completé el estudio a continuación en el
Angelicum, bajo la guía del P. Prof. Garrigou Lagrange.
El Cardenal Adam Stefan Sapieha
En todo nuestro proceso formativo hacia el sacerdocio ejerció un
influjo relevante la gran figura del Príncipe Metropolitano,
futuro Cardenal Adam Stefan Sapieha, para el cual tengo un
recuerdo emocionado y agradecido. Su prestigio había crecido por
el hecho de que, en el período de transición antes de la
reapertura del seminario, habitábamos en su residencia y lo
veíamos cada día. El Metropolitano de Cracovia fue elevado a la
dignidad cardenalicia inmediatamente después del final de la
guerra, a una edad ya muy avanzada. Toda la población acogió
este nombramiento como un justo reconocimiento de los méritos de
aquel gran hombre, que durante la ocupación alemana había sabido
mantener alto el honor de la Nación, demostrando la propia
dignidad de modo claro para todos. Recuerdo aquel día de marzo
-estábamos en Cuaresma- cuando el Arzobispo regresó de Roma
después de haber recibido el capelo cardenalicio. Los
estudiantes levantaron en brazos su automóvil y lo llevaron
durante un buen trecho hasta la Basílica de la Asunción en la
Plaza del Mercado, manifestando de ese modo el entusiasmo
religioso y patriótico que tal nombramiento cardenalicio había
suscitado en la población.
III -
INFLUENCIAS EN MI VOCACIÓN
He hablado ampliamente del ambiente del seminario porque éste
fue ciertamente el que tuvo mayor incidencia en mi vocación
sacerdotal. Sin embargo, dirigiendo la mirada hacia un horizonte
más amplio, veo con claridad que, desde tantos otros ambientes y
personas, he recibido influjos positivos, por medio de los
cuales Dios me ha hecho oír su voz.
La familia
La preparación para el sacerdocio, recibida en el seminario, fue
de algún modo precedida por la que me ofrecieron mis padres con
su vida y su ejemplo en familia. Mi reconocimiento es sobre todo
para mi padre, que enviudó muy pronto. No había recibido aún la
Primera Comunión cuando perdí a mi madre: apenas tenía 9 años.
Por eso, no tengo conciencia clara de la contribución,
seguramente grande, que ella dio a mi educación religiosa.
Después de su muerte y, a continuación, después de la muerte de
mi hermano mayor, quedé solo con mi padre que era un hombre
profundamente religioso. Podía observar cotidianamente su vida,
que era muy austera. Era militar de profesión y, cuando enviudó,
su vida fue de constante oración. Sucedía a veces que me
despertaba de noche y encontraba a mi padre arrodillado, igual
que lo veía siempre en la iglesia parroquial. Entre nosotros no
se hablaba de vocación al sacerdocio, pero su ejemplo fue para
mí en cierto modo el primer seminario, una especie de seminario
doméstico.
La fábrica Solvay Después, pasados los años de la primera
juventud, la cantera de piedra y el depurador del agua en la
fábrica de bicarbonato en Borek Falecki se convirtieron para mí
en seminario. No se trataba ya únicamente del pre-seminario,
como en Wadowice. La fábrica fue para mí, en aquella etapa de mi
vida, un verdadero seminario, aunque clandestino. Había
comenzado a trabajar en la cantera en septiembre de 1940; un año
después pasé al depurador de agua en la fábrica. Fue en aquellos
años cuando maduró mi decisión definitiva. En otoño de 1942
comencé los estudios en el seminario clandestino como ex alumno
de filología polaca, siendo obrero en la Solvay. No me daba
cuenta de la importancia que todo ello tendría para mí.
Únicamente más tarde, ya sacerdote, durante los estudios en
Roma, conociendo a través de mis compañeros del Colegio Belga el
problema de los sacerdotes obreros y el movimiento de la
Juventud Obrera Católica (JOC), comprendí que lo que había
llegado a ser tan importante para la Iglesia y para el
sacerdocio en Occidente -el contacto con el mundo del trabajo-
yo lo había ya adquirido en mi experiencia de vida.
En realidad, mi experiencia no fue la de "sacerdote obrero" sino
de "seminarista-obrero". Por el trabajo manual sabía bien lo que
significaba el cansancio físico. Encontraba cada día gente que
realizaba duros trabajos. Conocí su ambiente, sus familias, sus
intereses, su valor humano y su dignidad. Personalmente noté
mucha cordialidad por su parte. Sabían que yo era estudiante y
sabían también que, en cuanto las circunstancias lo permitieran,
volvería a los estudios. Nunca vi hostilidad por ese motivo. No
les molestaba que llevase los libros al trabajo. Decían:
"Nosotros estaremos atentos: tu lee". Esto sucedía sobre todo
durante los turnos de noche. Decían frecuentemente: "Descansa,
nosotros estaremos de guardia".
Hice amistad con muchos obreros. A veces me invitaban a su casa.
Después, como sacerdote y como obispo, bauticé a sus hijos y
nietos, bendije sus matrimonios y oficié los funerales de muchos
de ellos. Tuve oportunidad de conocer cuántos sentimientos
religiosos había en ellos y cuanta sabiduría de vida. Estos
contactos, como he dicho, siguieron siendo muy estrechos incluso
cuando acabó la ocupación alemana y también después,
prácticamente hasta mi elección como Obispo de Roma. Algunos
duran todavía por medio de correspondencia.
La parroquia de Debniki: los Salesianos
Debo nuevamente volver atrás, al período anterior a la entrada
en el seminario. En efecto, no puedo omitir el recuerdo de un
ambiente y, en éste, de un personaje de quien recibí
verdaderamente mucho en ese período. El ambiente era el de mi
parroquia, dedicada a San Estanislao de Kostka, en Debniki,
Cracovia. La parroquia estaba dirigida por los Padres
Salesianos, los cuales un día fueron deportados por los nazis a
un campo de concentración. Únicamente quedaron un viejo párroco
y el inspector provincial, pues todos los demás fueron
internados en Dachau. Creo que el ambiente salesiano ha tenido
un papel importante en el proceso de formación de mi vocación.
En el ámbito de la parroquia había una persona que se distinguía
sobre las demás: me refiero a Jan Tyranowski. Era empleado de
profesión, aunque había decidido trabajar en la sastrería de su
padre. Afirmaba que su trabajo de sastre le hacía más fácil la
vida interior. Era un hombre de una espiritualidad
particularmente profunda. Los Padres Salesianos, que en aquel
período difícil habían reemprendido con valentía la animación de
la pastoral juvenil, le encargaron la tarea de establecer
contactos con los jóvenes del círculo del llamado "Rosario
vivo''. Jan Tyranowski llevó a cabo esta tarea no ciñéndose
únicamente al aspecto organizativo, sino preocupándose también
de la formación espiritual de los jóvenes que entraban en
contacto con él. Aprendí así los métodos elementales de
autoformación que se vieron después confirmados y desarrollados
en el proceso educativo del seminario. Tyranowski, que se estaba
formando en los escritos de San Juan de la Cruz y de Santa
Teresa de Ávila, me introdujo en la lectura, extraordinaria para
mi edad, de sus obras.
Los Padres Carmelitas
Esto acrecentó en mí el interés por la espiritualidad
carmelitana. En Cracovia, en la calle Rakowicka, había un
monasterio de Padres Carmelitas Descalzos. Tenía contactos con
ellos y una vez hice allí mis Ejercicios Espirituales, con la
ayuda del P. Leonardo de la Dolorosa. Durante un cierto tiempo
consideré la posibilidad de entrar en el Carmelo. Las dudas
fueron resueltas por el Arzobispo Cardenal Sapieha, quien -con
el estilo que lo caracterizaba- dijo escuetamente: "Es preciso
acabar antes lo que se ha comenzado''. Y así fue.
El P. Kazimierz Figlewicz
Durante aquellos años mi confesor y guía espiritual fue el P.
Kazimierz Figlewicz. Me encontré con él la primera vez cuando
cursaba el primer año de instituto en Wadowice. El P. Figlewicz,
que era vicario de la parroquia de Wadowice, nos enseñaba
religión. Gracias a él me acerqué a la parroquia, fui monaguillo
y en cierto modo organicé el grupo de monaguillos. Cuando dejó
Wadowice para ir a la catedral del Wawel, continué manteniendo
contacto con él. Recuerdo que, durante el quinto curso del
instituto, me invitó a Cracovia para participar en el Triduum
Sacrum, que empezaba con el llamado "Oficio de Tinieblas" en la
tarde del Miércoles Santo. Fue ésta una experiencia que dejó en
mí una huella profunda.
Cuando, después del examen final, me trasladé con mi padre a
Cracovia, intensifiqué la relación con el P. Figlewicz, que
ejercía el cargo de vicecustodio de la catedral. Iba a
confesarme con él y, durante la ocupación alemana, muchas veces
lo visitaba.
Aquel 1 de septiembre de 1939 no se borrará nunca de mi
recuerdo: era el primer viernes de mes. Había ido a Wawel para
confesarme. La catedral estaba vacía. Fue, quizás, la última vez
que pude entrar libremente en el templo. Después fue cerrado. El
castillo real de Wawel se convirtió en la sede del Gobernador
General Hans Frank. El P. Figlewicz era el único sacerdote que
podía celebrar la Santa Misa, dos veces por semana, en la
catedral cerrada y bajo la vigilancia de policías alemanes. En
aquellos tiempos difíciles fue aún más claro lo que significaban
para él la catedral, las tumbas reales, el altar de San
Estanislao, obispo y mártir. El P. Figlewicz fue hasta la muerte
fiel custodio de aquel particular santuario de la Iglesia y de
la Nación, inculcándome un amor grande por el templo del Wawel,
que un día llegaría a ser mi catedral episcopal.
El 1de noviembre de 1946 fui ordenado sacerdote. El día
siguiente, en la "Primera Santa Misa" celebrada en la catedral,
en la cripta de San Leonardo, el P. Figlewicz, estaba a mi lado
y me hacía de asistente. El piadoso Prelado falleció hace
algunos años. Sólo el Señor puede compensarlo por todo el bien
que de él recibí.
La "trayectoria mariana"
Naturalmente, al referirme a los orígenes de mi vocación
sacerdotal, no puedo olvidar la trayectoria mariana. La
veneración a la Madre de Dios en su forma tradicional me viene
de la familia y de la parroquia de Wadowice. Recuerdo, en la
iglesia parroquial, una capilla lateral dedicada a la Madre del
Perpetuo Socorro a la cual por la mañana, antes del comienzo de
las clases, acudían los estudiantes del instituto. También, al
acabar las clases, en las horas de la tarde, iban muchos
estudiantes para rezar a la Virgen.
Además, en Wadowice, había sobre la colina un monasterio
carmelita, cuya fundación se remontaba a los tiempos de San
Rafael Kalinowski. Muchos habitantes de Wadowice acudían allí, y
esto tenía su reflejo en la difundida devoción al escapulario de
la Virgen del Carmen. También yo lo recibí, creo que cuando
tenía diez años, y aún lo llevo. Se iba a los Carmelitas también
para las confesiones. De ese modo, tanto en la iglesia
parroquial, como en la del Carmen, se formó mi devoción mariana
durante los años de la infancia y de la adolescencia hasta la
superación del examen final.
Cuando me encontraba en Cracovia, en el barrio Debniki, entré en
el grupo del "Rosario vivo'', en la parroquia salesiana. Allí se
veneraba de modo especial a María Auxiliadora. En Debniki, en el
período en el que iba tomando fuerza mi vocación sacerdotal,
gracias también al mencionado influjo de Jan Tyranowski, mi
manera de entender el culto a la Madre de Dios experimentó un
cierto cambio. Estaba ya convencido de que Maria nos lleva a
Cristo, pero en aquel período empecé a entender que también
Cristo nos lleva a su Madre. Hubo un momento en el cual me
cuestioné de alguna manera mi culto a María, considerando que
éste, si se hace excesivo, acaba por comprometer la supremacía
del culto debido a Cristo. Me ayudó entonces el libro de San
Luis María Grignion de Montfort titulado "Tratado de la
verdadera devoción a la Santísima Virgen''. En él encontré la
respuesta a mis dudas. Efectivamente, María nos acerca a Cristo,
con tal de que se viva su misterio en Cristo. El tratado de San
Luis María Grignion de Montfort puede cansar un poco por su
estilo un tanto enfático y barroco, pero la esencia de las
verdades teológicas que contiene es incontestable. El autor es
un teólogo notable. Su pensamiento mariológico está basado en el
Misterio trinitario y en la verdad de la Encarnación del Verbo
de Dios.
Comprendí entonces por qué la Iglesia reza el Ángelus tres veces
al día. Entendí lo cruciales que son las palabras de esta
oración: "El Ángel del Señor anunció a María. Y Ella concibió
por obra del Espíritu Santo... He aquí la esclava del Señor.
Hágase en mí según tu palabra... Y el Verbo se hizo carne y
habitó entre nosotros..." ¡Son palabras verdaderamente
decisivas! Expresan el núcleo central del acontecimiento más
grande que ha tenido lugar en la historia de la humanidad. Esto
explica el origen del Totus Tuus. La expresión deriva de San
Luis María Grignion de Montfort. Es la abreviatura de la forma
más completa de la consagración a la Madre de Dios, que dice:
Totus tuus ego sum et omnia mea Tua sunt. Accipio Te in mea
omnia. Praebe mihi cor Tuum, Maria.
De ese modo, gracias a San Luis, empecé a descubrir todas las
riquezas de la devoción mariana, desde una perspectiva en cierto
sentido nueva. Por ejemplo, cuando era niño escuchaba "Las Horas
de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María'',
cantadas en la iglesia parroquial, pero sólo después me di
cuenta de la riqueza teológica y bíblica que contenían. Lo mismo
sucedió con los cantos populares, por ejemplo con los cantos
navideños polacos y las Lamentaciones sobre la Pasión de
Jesucristo en Cuaresma, entre las cuales ocupa un lugar especial
el diálogo del alma con la Madre Dolorosa.
Sobre la base de estas experiencias espirituales fue
perfilándose el itinerario de oración v contemplación que
orientó mis pasos en el camino hacia el sacerdocio, y después en
todas las vicisitudes sucesivas hasta el día de hoy. Este
itinerario desde niño, y más aún como sacerdote y como obispo,
me llevaba frecuentemente por los senderos marianos de Kalwaria
Zebrzydowska. Kalwaria es el principal santuario mariano de la
Archidiócesis de Cracovia. Iba allí con frecuencia y caminaba en
solitario por aquellas sendas presentando en la oración al Señor
los diferentes problemas de la Iglesia, sobre todo en el difícil
período que se vivía bajo el comunismo. Mirando hacia atrás
constato como "todo está relacionado'': hoy como ayer nos
encontramos con la misma intensidad en los rayos del mismo
misterio.
El Santo Fray Alberto
Me pregunto a veces qué papel ha desempeñado en mi vocación la
figura del Santo Fray Alberto. Adam Chmielowski -éste era su
nombre- no era sacerdote. Todos en Polonia saben quien fue. En
el período de mi interés por el teatro rapsódico y por el arte,
la figura de este hombre valiente, que había tomado parte en la
"insurrección de enero" (1863) perdiendo una pierna durante los
combates, tenía para mí una atracción espiritual particular.
Como es sabido, Fray Alberto era pintor: había realizado sus
estudios en Munich. El patrimonio artístico que dejó muestra que
tenía un gran talento. Sin embargo, en un cierto momento de su
vida este hombre rompe con el arte porque comprende que Dios lo
llama a tareas más importantes. Conociendo el ambiente de los
pobres de Cracovia, cuyo lugar de encuentro era el dormitorio
público, llamado también "lugar de la calefacción'', en la calle
Krakowska, Adam Chmielowski decide convertirse en uno de ellos,
no como el limosnero que llega desde fuera para distribuir
dones, sino como uno que se da a sí mismo para servir a los
desheredados.
Este fascinante ejemplo de sacrificio suscita muchos seguidores.
Alrededor de Fray Alberto se reúnen hombres y mujeres. Nacen así
dos Congregaciones, que se dedican a los más pobres. Todo esto
sucedió en los comienzos de nuestro siglo, en el período
anterior a la primera guerra mundial
Fray Alberto no pudo ver el momento en el que Polonia conquistó
su independencia. Murió en Navidad de 1916. Sin embargo, su obra
sobrevivió convirtiéndose en expresión de las tradiciones
polacas de radicalismo evangélico, siguiendo las huellas de San
Francisco de Asís y de San Juan de la Cruz.
En la historia de la espiritualidad polaca Fray Alberto ocupa un
lugar especial. Para mí su figura fue determinante, porque
encontré en él un particular apoyo espiritual y un ejemplo en mi
alejamiento del arte, de la literatura y del teatro, por la
elección radical de la vocación al sacerdocio. Una de las
alegrías más grandes que he tenido como Papa ha sido la de
elevar al honor de los altares a este pobrecito de Cracovia con
hábito gris, primero con la beatificación en Blonie Krakowskie
durante el viaje a Polonia del año 1983, y después con la
canonización en Roma en el mes de noviembre del memorable año
1989. Muchos autores de la literatura polaca han inmortalizado
la figura de Fray Alberto. Entre las diversas obras artísticas,
novelas y dramas, es digna de ser mencionada la monografía que
le dedicó el P. Konstanty Michalski. También yo, siendo joven
sacerdote, en la época en que era coadjutor en la iglesia de San
Florián de Cracovia, le dediqué una obra dramática llamada "El
Hermano de nuestro Dios", saldando así la gran deuda de gratitud
que había contraído con él.
Experiencia de guerra
La maduración definitiva de mi vocación sacerdotal, como he
dicho, tuvo lugar en el período de la segunda guerra mundial,
durante la ocupación nazi. ¿Fue una simple coincidencia
temporal? o ¿había un nexo más profundo entre lo que maduraba
dentro de mí y el contexto histórico? Es difícil responder a tal
pregunta. Es cierto que en los planes de Dios nada es casual. Lo
que puedo afirmar es que la tragedia de la guerra dio un tinte
particular al proceso de maduración de mi opción de vida. Me
ayudó a percibir desde una nueva perspectiva el valor y la
importancia de la vocación. Ante la difusión del mal y las
atrocidades de la guerra era cada vez más claro para mí el
sentido del sacerdocio y de su misión en el mundo.
El estallido de la guerra me alejó de los estudios y del
ambiente universitario. En aquel período perdí a mí padre, la
última persona que me quedaba de los familiares más íntimos.
También esto suponía, objetivamente, un proceso de alejamiento
de mis proyectos precedentes; en cierto modo era como
desarraigarse del suelo en el cual hasta ese momento había
crecido mi humanidad.
Pero no se trataba de un proceso únicamente negativo. En efecto,
en mi conciencia contemporáneamente se manifestaba cada vez más
una luz: el Señor quiere que yo sea sacerdote. Un día lo percibí
con mucha claridad: era como una iluminación interior que traía
consigo la alegría y la seguridad de una nueva vocación. Y esta
conciencia me llenó de gran paz interior.
Esto ocurría durante los terribles acontecimientos que iban
desarrollándose a mi alrededor en Cracovia, en Polonia, en
Europa y en el mundo. Compartí directamente sólo una pequeña
parte de cuanto mis compatriotas experimentaron desde 1939.
Pienso, de modo particular, en mis coetáneos del instituto de
Wadowice, amigos míos muy queridos, entre los cuales había
varios judíos. Algunos eligieron el servicio militar en el año
1938. Parece que el primero que murió en la guerra fue el más
joven de la clase. Después conocí sólo a grandes rasgos la
suerte de otros caídos en varios frentes, o muertos en campos de
concentración, o enviados a combatir en Tobruk y en Montecassino,
o deportados a los territorios de la Unión Soviética: a Rusia y
Kazakistán. Supe estas noticias primero de forma gradual, y
después de manera más completa en Wadowice, en el año 1948, con
ocasión de la reunión de mis compañeros en el décimo aniversario
del examen final.
Se me ahorró mucho del grande y horrendo theatrum de la segunda
guerra mundial. Cada día hubiera podido ser detenido en casa, en
la cantera o en la fábrica para ser llevado a un campo de
concentración. A veces me preguntaba: si tantos coetáneos
pierden la vida, ¿por que yo no? Hoy sé que no fue una
casualidad. En el contexto del gran mal de la guerra, en mi vida
personal todo llevaba hacia el bien que era la vocación. No
puedo olvidar el bien recibido en aquel difícil período de las
personas que el Señor ponía en mi camino, tanto de mi familia
como conocidos y compañeros.
El sacrificio de los sacerdotes polacos
Surge aquí otra singular e importante dimensión de mi vocación.
Los años de la ocupación alemana en Occidente y de la soviética
en Oriente supusieron un enorme número de detenciones y
deportaciones de sacerdotes polacos hacia los campos de
concentración. Sólo en Dachau fueron internados casi tres mil.
Hubo otros campos, como por ejemplo el de Auschwitz, donde
ofreció la vida por Cristo el primer sacerdote canonizado
después de la guerra, San Maximiliano María Kolbe, el
franciscano de Niepokalanów. Entre los prisioneros de Dachau se
encontraba el Obispo de Wloclawek, Mons. Michal Kozal, que he
tenido la dicha de beatificar en Varsovia en 1987. Después de la
guerra algunos de entre los sacerdotes ex prisioneros de los
campos de concentración fueron elevados a la dignidad episcopal.
Actualmente viven aún los Arzobispos Kazimierz Majdanski y Adam
Kozlowiecki y el Obispo Ignacy Jez, los tres últimos Prelados
testigos de lo que fueron los campos de exterminio. Ellos saben
bien lo que aquella experiencia significó en la vida de tantos
sacerdotes. Para completar el cuadro, es preciso añadir también
a los sacerdotes alemanes de aquella misma época que
experimentaron la misma suerte en los lager. He tenido el honor
de beatificar a algunos de ellos: primero al P. Rupert Mayer de
Munich, y después, durante el reciente viaje apostólico a
Alemania, a Mons. Bernhard Lichtenberg, párroco de la Catedral
de Berlín, y al P. Karl Leisner de la diócesis de Munster. Este
último, ordenado sacerdote en el campo de concentración en 1944,
después de su ordenación pudo celebrar sólo una Santa Misa.
Merece un recuerdo especial el martirologio de los sacerdotes en
los lager de Siberia y en otros lugares del territorio de la
Unión Soviética. Entre los muchos que allí fueron recluidos
quisiera recordar la figura del P. Tadeusz Fedorowicz, muy
conocido en Polonia, al cual personalmente debo mucho como
director espiritual. El P Fedorowicz, joven sacerdote de la
archidiócesis de Leópolis, se había presentado espontáneamente a
su arzobispo para pedirle el poder acompañar a un grupo de
polacos deportados al Este. El Arzobispo Twardowski le concedió
el permiso y pudo desarrollar su misión entre los connacionales
dispersos en los territorios de la Unión Soviética y sobre todo
en Kazakistán. Recientemente ha descrito en un interesante libro
estos trágicos hechos.
Lo que he dicho a propósito de los campos de concentración no
constituye sino una parte, dramática, de esta especie de "apocalipsis''
de nuestro siglo. Lo he hecho para subrayar cómo mi sacerdocio,
ya desde su nacimiento, ha estado inscrito en el gran sacrificio
de tantos hombres y mujeres de mi generación. La Providencia me
ha ahorrado las experiencias más penosas; por eso es aún más
grande mi sentimiento de deuda hacia las personas conocidas, así
como también hacia aquellas más numerosas que desconozco, sin
diferencia de nación o de lengua, que con su sacrificio sobre el
gran altar de la historia han contribuido a la realización de mi
vocación sacerdotal. De algún modo me han introducido en este
camino, mostrándome en la dimensión del sacrificio la verdad más
profunda y esencial del sacerdocio de Cristo.
La bondad experimentada entre las asperezas de la guerra
Decía antes que durante los años difíciles de la guerra recibí
mucho bien de la gente. Pienso de modo particular en una
familia, más aún, en muchas familias que conocí durante la
ocupación. Con Juliusz Kydrynski trabajé primero en las canteras
de piedra y después en la fábrica Solvay. Estábamos en el grupo
de obreros-estudiantes al que pertenecían también Wojciech
Zukrowski, su hermano menor Antoni y Wieslaw Kaczmarczyk. Conocí
a Juliusz Kydrynski antes de comenzar la guerra, cursando el
primer año de Filología polaca. Durante la guerra esta relación
de amistad se intensificó. Conocí también a su madre, que había
enviudado, a la hermana y al hermano menor. La familia Kydrynski
me colmó de cuidados y de afecto cuando el 18 de febrero de 1941
perdí a mi padre. Recuerdo perfectamente aquel día: al volver
del trabajo encontré a mi padre muerto. En aquel momento la
amistad de los Kydrynski fue para mí de gran apoyo. La amistad
se extendió después a otras familias, en particular a la de los
señores Szkocki, residentes en la calle Ksiecia Józefa. Empecé a
estudiar francés gracias a la Señora Jadwiga Lewaj, que habitaba
en la casa de ellos. Zofia Pozniak, hija mayor de los señores
Szkocki, cuyo marido se encontraba en un campo de prisioneros,
nos invitaba a conciertos organizados en casa. De ese modo el
período oscuro de la guerra y de la ocupación fue iluminado por
la luz de la belleza que se irradia desde la música y la poesía.
Esto sucedía antes de mi decisión de entrar en el seminario.
IV -
¡SACERDOTE!
Mi ordenación tuvo lugar en un día insólito para este tipo de
celebraciones: fue el 1 de noviembre, solemnidad de Todos los
Santos, cuando la liturgia de la Iglesia se dedica totalmente a
celebrar el misterio de la comunión de los Santos y se prepara a
conmemorar a los fieles difuntos. El Arzobispo eligió ese día
porque yo debía partir hacia Roma para proseguir los estudios.
Fui ordenado sólo, en la capilla privada de los Arzobispos de
Cracovia. Mis compañeros serían ordenados el año siguiente, en
el Domingo de Ramos.
Había sido ordenado subdiácono y diácono en octubre. Fue un
lunes de intensa oración, marcado por los Ejercicios
Espirituales con los que me preparé a recibir las Ordenes
Sagradas: seis días de Ejercicios antes del subdiaconado, y
después tres y seis días antes del diaconado y del presbiterado
respectivamente. Los últimos Ejercicios los hice solo en la
capilla del seminario. El día de Todos los Santos me presenté
por la mañana en la residencia de los Arzobispos de Cracovia, en
la calle Franciszkanska 3, para recibir la Ordenación
sacerdotal. Asistieron a la ceremonia un pequeño grupo de
parientes y amigos.
Recuerdo de un hermano en la vocación sacerdotal
El lugar de mi Ordenación, como he dicho, fue la capilla privada
de los Arzobispos de Cracovia. Recuerdo que durante la ocupación
iba allí con frecuencia por la mañana para ayudar en la Santa
Misa al Príncipe Metropolitano. Recuerdo también que durante un
cierto período venía conmigo otro seminarista clandestino, Jerzy
Zachuta. Un día él no se presentó. Cuando después de la Misa fui
a su casa, en Ludwinów, en Debniki, supe que durante la noche
había sido detenido por la Gestapo. Inmediatamente después, su
apellido apareció en la lista de polacos destinados a ser
fusilados. Habiendo sido ordenado en aquella misma capilla que
nos había visto juntos tantas veces, recordaba a este hermano en
la vocación sacerdotal al cual Cristo había unido de otro modo
al misterio de su muerte y resurrección.
"Veni, Creator Spiritus!"
Me veo así, en aquella capilla durante el canto del Veni,
Creator Spiritus y de las Letanías de los Santos, mientras,
extendido en forma de Cruz en el suelo, esperaba el momento de
la imposición de las manos. ¡Un momento emocionante! Después he
tenido ocasión de presidir como Obispo y como Papa este rito.
Hay algo de impresionante en la postración de los ordenandos: es
el símbolo de su total sumisión ante la majestad de Dios y a la
vez de su total disponibilidad a la acción del Espíritu Santo,
que desciende sobre ellos como artífice de su consagración. Veni,
Creator Spiritus, mentes tuorum visita, imple superna gratia
quae Tu creasti pectora. Al igual que en la Santa Misa el
Espíritu Santo es el autor de la transubstanciación del pan y
del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, así en el
sacramento del Orden es el artífice de la consagración
sacerdotal o episcopal. El obispo, que confiere el sacramento
del Orden, es el dispensador humano del misterio divino. La
imposición de las manos es continuación del gesto ya practicado
en la Iglesia primitiva para indicar el don del Espíritu Santo
en vista de una misión determinada (cf. Hch 6, 6; 8, 17; 13, 3).
Pablo lo utiliza con su discípulo Timoteo (cf. 2 Tm 1, 6; 1 Tm
4, 14.) y el gesto queda en la Iglesia (cf. 1 Tm 5, 22) como
signo eficaz de la presencia operante del Espíritu Santo en el
sacramento del Orden.
El suelo
Quien se dispone a recibir la sagrada Ordenación se postra
totalmente y apoya la frente sobre el suelo del templo,
manifestando así su completa disponibilidad para asumir el
ministerio que le es confiado. Este rito ha marcado
profundamente mi existencia sacerdotal. Añas más tarde, en la
Basílica de San Pedro -estábamos al principio del Concilio-
recordando el momento de la Ordenación sacerdotal, escribí una
poesía de la cual quiero citar aquí un fragmento:
"Eres tú, Pedro. Quieres ser aquí el Suelo sobre el que caminan
los otros... para llegar allá donde guías sus pasos...Quieres
ser Aquél que sostiene los pasos, como la roca sostiene el
caminar ruidoso de un rebaño: Roca es también el suelo de un
templo gigantesco. Y el pasto es la Cruz''.
(Iglesia: Los Pastores y las Fuentes. Basílica de San Pedro,
otoño de 1962: 11.X - 8.XII, El Suelo)
Al escribir estas palabras pensaba tanto en Pedro como en toda
la realidad del sacerdocio ministerial, tratando de subrayar el
profundo significado de esta postración litúrgica. En ese yacer
por tierra en forma de Cruz antes de la Ordenación, acogiendo en
la propia vida -como Pedro- la Cruz de Cristo y haciéndose con
el Apóstol "suelo" para los hermanos, está el sentido más
profundo de toda la espiritualidad sacerdotal.
La "primera Misa"
Habiendo sido ordenado sacerdote en la fiesta de Todos los
Santos, celebré la "primera Misa" el día de los fieles difuntos,
el 2 de noviembre de 1946. En este día cada sacerdote puede
celebrar para provecho de los fieles tres Santas Misas. Mi
"primera" Misa tuvo por tanto -por así decir- un carácter
triple. Fue una experiencia de especial intensidad. Celebré las
tres Santas Misas en la cripta de San Leonardo, que ocupa, en la
catedral del Wawel, en Cracovia, la parte anterior de la llamada
cátedra episcopal de Herman. Actualmente la cripta forma parte
del complejo subterráneo donde se encuentran las tumbas reales.
Al elegirla como el lugar de mis primeras Misas quise expresar
un vínculo espiritual particular con los que reposan en esa
catedral que, por su misma historia, es un monumento sin igual.
Está impregnada, más que cualquier otro templo de Polonia, de
significado histórico y teológico. Reposan en ella los reyes
polacos, empezando por Wladyslaw Lokietek. En la catedral del
Wawel eran coronados los reyes y en ella eran también
sepultados. Quien visita ese templo se encuentra cara a cara con
la historia de la Nación.
Precisamente por esto, como he dicho, elegí celebrar mis
primeras Misas en la cripta de San Leonardo. Quería destacar mi
particular vínculo espiritual con la historia de Polonia, de la
cual la colina del Wawel representa casi una síntesis
emblemática. Pero no sólo eso. Había, en esa elección, una
especial dimensión teológica. Como he dicho, fui ordenado el día
anterior, en la Solemnidad de Todos los Santos, cuando la
Iglesia expresa litúrgicamente la verdad de la Comunión de los
Santos -Communio Sanctorum-. Los Santos son aquellos que,
habiendo acogido en la fe el misterio pascual de Cristo, esperan
ahora la resurrección final.
También las personas, cuyos restos reposan en los sarcófagos de
la catedral del Wawel, esperan allí la resurrección. Toda la
catedral parece repetir las palabras del Símbolo de los
Apóstoles: "Creo en la resurrección de los muertos y en la vida
eterna''. Esta verdad de fe ilumina la historia de las Naciones.
Aquellas personas son como "los grandes espíritus" que guían la
Nación a través de los siglos. No se encuentran allí solamente
soberanos junto con sus esposas, u obispos y cardenales; también
hay poetas, grandes maestros de la palabra, que han tenido una
importancia enorme para mi formación cristiana y patriótica.
Fueron pocos los participantes en aquellas primeras Misas
celebradas sobre la colina del Wawel. Recuerdo que, entre otros,
estaba presente mi madrina Maria Wiadrowska, hermana mayor de mi
madre. Me asistía en el altar Mieczyslaw Malinski, que hacía
presente de algún modo el ambiente y la persona de Jan
Tyranowski, ya entonces gravemente enfermo.
Después, como sacerdote y como obispo, he visitado siempre con
gran emoción la cripta de San Leonardo. ¡Cuánto hubiera deseado
poder celebrar allí la Santa Misa con ocasión del quincuagésimo
aniversario de mi Ordenación sacerdotal!
Entre el pueblo de Dios
Después hubo otras "primeras Misas'': en la iglesia parroquial
de San Estanislao de Kostka en Debniki y, el domingo siguiente,
en la iglesia de la Presentación de la Madre de Dios en Wadowice.
Celebré también una Misa en la confesión de San Estanislao, en
la catedral del Wawel, para los amigos del teatro rapsódico y
para la organización clandestina "Unia" (Unión), a la cual
estuve vinculado durante la ocupación.
V-
ROMA
Noviembre pasaba de prisa: era ya el tiempo de partir hacia
Roma. Cuando llegó el día establecido, subí al tren con gran
emoción. Conmigo estaba Stanislaw Starowieyski, un compañero más
joven que yo, que debía realizar todo el curso teológico en
Roma. Por primera vez salía de las fronteras de mi Patria.
Miraba desde la ventanilla del tren en marcha ciudades que
conocía únicamente por los libros de geografía. Vi por primera
vez Praga, Nuremberg, Estrasburgo y París, donde nos detuvimos
siendo huéspedes del Seminario Polaco en la "Rue des lrlandais''.
Reemprendimos pronto el viaje, porque el tiempo apremiaba y
llegamos a Roma los últimas días de noviembre. Aquí aprovechamos
inicialmente la hospitalidad de los Padres Palotinos. Recuerdo
que el primer domingo después de la llegada me acerqué, junto
con Stanislaw Starowieyski, a la Basílica de San Pedro para
asistir a la solemne veneración de un nuevo Beato por parte del
Papa. Vi desde lejos la figura de Pío XII, llevado en la silla
gestatoria. La participación del Papa en una Beatificación se
limitaba entonces a la recitación de la oración al nuevo Beato,
mientras que el rito propiamente dicho era presidido en la
mañana por uno de los cardenales. Esta tradición se cambio a
partir de Maximiliano María Kolbe, cuando en octubre de 1971
Pablo VI ofició personalmente el rito de Beatificación del
mártir polaco de Auschwitz, durante una Santa Misa concelebrada
con el Cardenal Wyszynski y con los obispos polacos, en la cual
yo también tuve el gozo de participar.
"Aprender Roma"
No podré olvidar nunca la sensación de mis primeros días
"romanos" cuando en 1946 empecé a conocer la Ciudad Eterna. Me
inscribí en el "biennium ad lauream" en el Angelicum. Era Decano
de la Facultad de Teología el P. Ciappi, O.P., futuro teólogo de
la Casa Pontificia y cardenal.
El P. Karol Kozlowski, Rector del Seminario de Cracovia, me
había dicho muchas veces que, para quien tiene la suerte de
poderse formar en la capital del Cristianismo, más aún que los
estudios (¡un doctorado en teología se puede conseguir también
fuera!) es importante aprender Roma misma. Traté de seguir su
consejo. Llegué a Roma con un vivo deseo de visitar la Ciudad
Eterna, empezando por las Catacumbas. Y así fue. Con los amigos
del Colegio Belga, donde habitaba, tuve la oportunidad de
recorrer sistemáticamente la Ciudad con la guía de conocedores
expertos de sus monumentos y de su historia. Con ocasión de las
vacaciones de Navidad y de Pascua pudimos acercarnos a otras
ciudades italianas. Recuerdo las primeras vacaciones cuando,
guiándonos por el libro del escritor danés Joergensen, fuimos a
visitar los lugares vinculados a la vida de San Francisco.
De todos modos, el centro de nuestra experiencia era siempre
Roma. Cada día desde el Colegio Belga, en vía del Quirinale 26,
iba al Angelicum para las clases, parándome durante el camino en
la iglesia de los Jesuitas de San Andrés del Quirinale, donde se
encuentran las reliquias de San Estanislao de Kostka, que vivió
en el noviciado contiguo y allí terminó su vida. Recuerdo que
entre los que visitaban la tumba había muchos seminaristas del
Germanicum, que se reconocían fácilmente por sus características
sotanas rojas. En el corazón del Cristianismo y a la luz de los
santos, las nacionalidades también se encontraban, como
prefigurando, más allá de la tragedia bélica que tanto nos había
marcado, un mundo sin divisiones.
Perspectivas pastorales
Mi sacerdocio y mi formación teológica y pastoral se enmarcaban
así desde el comienzo en la experiencia romana. Los dos años de
estudios, concluidos en 1948 con el doctorado, fueron años de
intenso "aprender Roma''. El Colegio Belga contribuía a enraizar
mi sacerdocio, día tras día, en la experiencia de la capital del
Cristianismo. En efecto, me permitía entrar en contacto con
ciertas formas de vanguardia del apostolado, que en aquella
época iban desarrollándose en la Iglesia. Pienso sobre todo en
el encuentro con el P. Jozef Cardijn, fundador de la JOC y
futuro cardenal, que venía de vez en cuando al Colegio para
encontrarse con nosotros, sacerdotes estudiantes, y hablarnos de
aquella particular experiencia humana que es la fatiga física.
Para ella yo estaba, en cierta medida, preparado debido al
trabajo desarrollado en la cantera y en la sección del depurador
de agua de la fábrica Solvay. En Roma tuve la posibilidad de
descubrir más a fondo cómo el sacerdocio está vinculado a la
pastoral y al apostolado de los laicos. Entre el servicio
sacerdotal y el apostolado laical existe una estrecha relación,
más aún, una coordinación recíproca. Reflexionando sobre estos
planteamientos pastorales, descubría cada vez de forma más clara
el sentido y el valor del sacerdocio ministerial mismo.
El horizonte europeo
La experiencia vivida en el Colegio Belga se amplió, a
continuación, gracias a un contacto directo no sólo con la
nación belga, sino también con la francesa y la holandesa. Con
el consentimiento del Cardenal Sapieha, durante las vacaciones
veraniegas de 1947 el P. Stanislaw Starowieyski y yo pudimos
visitar aquellos países. Me abría así a un horizonte europeo más
amplio. En París, donde residí en el Seminario Polaco, pude
conocer de cerca la experiencia de los sacerdotes obreros, la
problemática tratada en el libro de los Padres Henri Godin e
Yvan Daniel La France, pays de mission? y la pastoral de las
misiones en la periferia de París, sobre todo en la parroquia
dirigida por el P. Michonneau. Estas experiencias, en el primer
y segundo año de sacerdocio, tuvieron para mí un enorme interés.
En Holanda, gracias a la ayuda de mis compañeros, y
especialmente de los padres del fallecido P. Alfred Delmé, pude
pasar con Stanislaw Starowieyski unos diez días. Me impresionó
la sólida organización de la Iglesia y de la pastoral en aquel
País, con estructuras activas y comunidades eclesiales vivas.
Descubría así cada vez mejor, desde puntos de vista diversos y
complementarios, la Europa occidental, la Europa de la
posguerra, la Europa de las maravillosas catedrales góticas y,
al mismo tiempo, la Europa amenazada por el proceso de
secularización. Percibía el desafío que todo ello representaba
para la Iglesia, llamada a hacer frente al peligro que
conllevaba mediante nuevas formas de pastoral, abiertas a una
presencia más amplia del laicado.
Entre los emigrantes
La mayor parte de aquellas vacaciones veraniegas las pasé, sin
embargo, en Bélgica. Durante el mes de septiembre estuve al
frente de la misión católica polaca, entre los mineros, en las
cercanías de Charleroi. Fue una experiencia muy fructífera. Por
primera vez visité una mina de carbón y pude conocer de cerca el
pesado trabajo de los mineros. Visitaba las familias de los
emigrantes polacos y me reunía con la juventud y los niños,
acogido siempre con benevolencia y cordialidad, como cuando
estaba en la Solvay.
La figura de San Juan María Vianney
En el camino de regreso de Bélgica a Roma, tuve la suerte de
detenerme en Ars. Era al final del mes de octubre de 1947, el
domingo de Cristo Rey. Con gran emoción visité la vieja iglesita
donde San Juan María Vianney confesaba, enseñaba el catecismo y
predicaba sus homilías. Fue para mí una experiencia inolvidable.
Desde los años del seminario había quedado impresionado por la
figura del Cura de Ars, sobre todo por la lectura de su
biografía escrita por Mons. Trochu. San Juan María Vianney
sorprende en especial porque en él se manifiesta el poder de la
gracia que actúa en la pobreza de los medios humanos. Me
impresionaba profundamente, en particular, su heroico servicio
en el confesionario. Este humilde sacerdote que confesaba mas de
diez horas al día, comiendo poco y dedicando al descanso apenas
unas horas, había logrado, en un difícil período histórico,
provocar una especie de revolución espiritual en Francia y fuera
de ella. Millares de personas pasaban por Ars y se arrodillaban
en su confesionario. En medio del laicismo y del
anticlericalismo del siglo XIX, su testimonio constituye un
acontecimiento verdaderamente revolucionario.
Del encuentro con su figura llegué a la convicción de que el
sacerdote realiza una parte esencial de su misión en el
confesionario, por medio de aquel voluntario "hacerse prisionero
del confesionario". Muchas veces, confesando en Niegowic, en mi
primera parroquia, y después en Cracovia, volvía con el
pensamiento a esta experiencia inolvidable. He procurado
mantener siempre el vínculo con el confesionario tanto durante
los trabajos científicos en Cracovia, confesando sobre todo en
la Basílica de la Asunción de la Santísima Virgen María, como
ahora en Roma, aunque sea de modo casi simbólico, volviendo cada
año al confesionario el Viernes Santo en la Basílica de San
Pedro.
Un "gracias" sincero
No puedo terminar estas consideraciones sin expresar un cordial
agradecimiento a todos los componentes del Colegio Belga de
Roma, a los Superiores y a los compañeros de entonces, muchos de
los cuales ya han fallecido; en particular al Rector, P.
Maximilien de Furstenberg, que después fue cardenal. ¿¡Cómo no
recordar que, durante el cónclave, en 1978, el Cardenal de
Furstenberg, en un determinado momento, me dijo estas
significativas palabras: Dominus adest et vocat te. Era como una
misteriosa alusión a la culminación de su trabajo formativo,
come Rector del Colegio Belga, en favor de mi sacerdocio.
El regreso a Polonia
A principios de julio de 1948 defendí la tesis doctoral en el
Angelicum e inmediatamente después me puse en camino de regreso
a Polonia. He aludido antes a que en los dos años de permanencia
en la Ciudad Eterna había "aprendido" intensamente Roma: la Roma
de las catacumbas, la Roma de los mártires, la Roma de Pedro y
Pablo, la Roma de los confesores. Vuelvo a menudo a aquellos
años con la memoria llena de emoción. Al regresar llevaba
conmigo no sólo un mayor bagaje de cultura teológica, sino
también. la consolidación de mi sacerdocio y la profundización
de mi visión de la Iglesia. Aquel período de intenso estudio
junto a las Tumbas de los Apóstoles me había dado tanto desde
todos los puntos de vista.
Ciertamente podría añadir muchos otros detalles acerca de esta
experiencia decisiva. Prefiero, sin embargo, resumirlo todo
diciendo que gracias a Roma mi sacerdocio se había enriquecido
con una dimensión europea y universal. Regresaba de Roma a
Cracovia con el sentido de la universalidad de la misión
sacerdotal, que sería magistralmente expresado por el Concilio
Vaticano II, sobre todo en la Constitución dogmática sobre la
Iglesia Lumen gentium. No sólo el obispo, sino también cada
sacerdote debe vivir la solicitud por toda la Iglesia y
sentirse, de algún modo, responsable de ella.
VI -
NIEGOWIC: UNA PARROQUIA RURAL
Apenas llegado a Cracovia, encontré en la Curia Metropolitana el
primer "destino'', la llamada «aplikata». El arzobispo estaba
entonces en Roma, pero me había dejado por escrito su decisión.
Acepté el cargo con alegría. Me informé enseguida de cómo llegar
a Niegowic y me preocupé por estar allí el día señalado. Fui
desde Cracovia a Gdow en autobús, desde allí un campesino me
llevó en carreta a la campiña de Marszowice y después me
aconsejó caminar a pie por un atajo a través de los campos.
Divisaba a lo lejos la iglesia de Niegowic. Era el tiempo de la
cosecha. Caminaba entre los campos de trigo con las mieses en
parte ya cosechadas, en parte aún ondeando al viento. Cuando
llegué finalmente al territorio de la parroquia de Niegowic, me
arrodillé y besé la tierra. Había aprendido este gesto de San
Juan María Viarmey. En la iglesia me detuve ante el Santísimo
Sacramento; después me presenté al párroco, Mons. Kazimierz
Buzala, arcipreste de Niepolomice y párroco de Niegowic, quien
me acogió muy cordialmente y después de un breve coloquio me
mostró la habitación del vicario.
Así empezó el trabajo pastoral en mi primera parroquia. Duró un
año y consistía en las funciones típicas de un vicario y
profesor de religión. Se me confiaron cinco escuelas elementales
en las campiñas pertenecientes a la parroquia de Niegowic. Allí
me llevaban en un pequeño carro o en la calesa. Recuerdo la
cordialidad de los maestros y de los feligreses. Los grupos eran
muy diversos entre sí: algunos bien educados y tranquilos, otros
muy vivaces. Aún hoy me sucede que vuelvo con el pensamiento al
recogido silencio que reinaba en las clases, cuando, durante la
cuaresma, hablaba de la pasión del Señor.
En ese tiempo la parroquia de Niegowic se preparaba para la
celebración del quincuagésimo aniversario de la Ordenación
sacerdotal del párroco. Como la vieja iglesia era ya inadecuada
para las necesidades pastorales, los feligreses decidieron que
el regalo más hermoso para el homenajeado sería la construcción
de un nuevo templo. Pero yo fui trasladado pronto de aquella
agradable comunidad.
En San Florián de Cracovia
En efecto, después de un año fui destinado a la parroquia de San
Florián de Cracovia. El párroco, Mons. Tadeusz Kurowski, me
encargó la catequesis en los cursos superiores del instituto y
la acción pastoral entre los estudiantes universitarios. La
pastoral universitaria de Cracovia tenía entonces su centro en
la iglesia de Santa Ana, pero con el desarrollo de nuevas
facultades se sintió la necesidad de crear una nueva sede
precisamente en la parroquia de San Florián. Comencé allí las
conferencias para la juventud universitaria; las tenía todos los
jueves y trataban de los problemas fundamentales sobre la
existencia de Dios y la espiritualidad del alma humana, temas de
particular impacto en el contexto del ateísmo militante, propio
del régimen comunista.
El trabajo científico
Durante las vacaciones de 1951, después de dos años de trabajo
en la parroquia de San Florián, el Arzobispo Eugeniusz Baziak,
que había sucedido en el gobierno de la Archidiócesis de
Cracovia al Cardenal Sapieha, me orientó hacia la labor
científica. Debí prepararme para la habilitación a la enseñanza
pública de la ética y de la teología moral. Esto supuso una
reducción del trabajo pastoral, tan querido por mí. Me costó,
pero desde entonces me preocupé de que la dedicación al estudio
científico de la teología y de la filosofía no me indujera a
"olvidarme'' de ser sacerdote; mas bien debía ayudarme a serlo
cada vez más.
VII -
¡GRACIAS IGLESIA QUE ESTÁS EN POLONIA!
En este testimonio jubilar tengo que expresar mi gratitud a toda
la Iglesia polaca, en cuyo seno naci6 y maduró mi sacerdocio. Es
una Iglesia con una herencia milenaria de fe; una Iglesia que ha
engendrado a lo largo de los siglos numerosos santos y beatos, y
está confiada al patrocinio de dos Santos Obispos y Mártires,
Wojciech y Stanislaw. Es una Iglesia profundamente unida al
pueblo y a su cultura; una Iglesia que siempre ha sostenido y
defendido al pueblo, especialmente en los momentos trágicos de
su historia. Es también una Iglesia que en este siglo ha sido
duramente probada: ha tenido que sostener una lucha dramática
por la supervivencia contra dos sistemas totalitarios: contra el
régimen inspirado en la ideología nazi durante la segunda guerra
mundial; y después, en los largos decenios de la posguerra,
contra la dictadura comunista y su ateísmo militante.
De ambas pruebas ha salido victoriosa, gracias al sacrificio de
obispos, sacerdotes y de numerosos laicos; gracias a la familia
polaca "fuerte en Dios". Entre los obispos del período bélico he
de mencionar la figura inquebrantable del Príncipe Metropolitano
de Cracovia, Adam Stefan Sapieha, y entre los del período de la
posguerra, la figura del siervo de Dios Cardenal Stefan
Wyszynski. Es una Iglesia que ha defendido al hombre, su
dignidad y sus derechos fundamentales, una Iglesia que ha
luchado valientemente por el derecho de los fieles a profesar su
fe. Una Iglesia extraordinariamente dinámica, a pesar de las
dificultades y los obstáculos que se interponían en el camino.
En este intenso clima espiritual se fue desarrollando mi misi6n
de sacerdote y de obispo. He podido conocer, por decirlo así,
desde dentro, los dos sistemas totalitarios que han marcado
trágicamente nuestro siglo: el nazismo de una parte, con los
horrores de la guerra y de los campos de concentración, y el
comunismo, de otra, con su régimen de opresión y de terror. Es
fácil comprender mi sensibilidad por la dignidad de toda persona
humana y por el respeto de sus derechos, empezando por el
derecho a la vida. Es una sensibilidad que se formó en los
primeros años de sacerdocio y se ha afianzado con el tiempo. Es
fácil entender también mi preocupación por la familia y por la
juventud: todo esto ha crecido en mí de forma orgánica gracias a
aquellas dramáticas experiencias.
El presbiterio de Cracovia
En el quincuagésimo aniversario de mi ordenación sacerdotal me
dirijo con el pensamiento de modo particular al presbiterio de
la Iglesia de Cracovia, del cual he sido miembro como sacerdote
y después cabeza como Arzobispo. Me vienen a la memoria tantas
figuras eminentes de párrocos y vicarios. Sería demasiado largo
mencionarlos a todos uno a uno. A muchos de ellos me unían y me
unen vínculos de sincera amistad. Los ejemplos de su santidad y
de su celo pastoral han sido para mí de gran edificación.
Indudablemente han tenido una influencia profunda sobre mi
sacerdocio. De ellos he aprendido qué quiere decir en concreto
ser pastor.
Estoy profundamente convencido del papel decisivo que el
presbiterio diocesano tiene en la vida personal de todo
sacerdote. La comunidad de sacerdotes, basada en una verdadera
fraternidad sacramental, constituye un ambiente de primera
importancia para la formación espiritual y pastoral. El
sacerdote, por principio, no puede prescindir de la misma. Le
ayuda a crecer en la santidad y constituye un apoyo seguro en
las dificultades. ¿Cómo no expresar, con ocasión de mi jubileo
de oro, mi gratitud a los sacerdotes de la Archidiócesis de
Cracovia por su contribución a mi sacerdocio?
El don de los laicos
Estos días pienso también en todos los laicos que el Señor me ha
hecho encontrar en mi misión de sacerdote y de obispo. Han sido
para mí un don singular, por el cual no ceso de dar gracias a la
Providencia. Son tan numerosos que no es posible citarlos a
todos por su nombre, pero los llevo a todos en el corazón,
porque cada uno de ellos ha ofrecido su propia aportación a la
realización de mi sacerdocio. En cierto modo me han indicado el
camino, ayudándome a comprender mejor mi ministerio y a vivirlo
en plenitud. Ciertamente, de los frecuentes contactos con los
laicos siempre he sacado mucho provecho. Entre ellos había
simples obreros, hombres dedicados a la cultura y al arte,
grandes científicos. De estos encuentros han nacido cordiales
amistades, muchas de las cuales perduran aún. Gracias a ellos mi
acción pastoral se ha multiplicado, superando barreras y
penetrando en ambientes que de otro modo hubieran sido muy
difíciles de alcanzar.
En verdad, me ha acompañado siempre la profunda conciencia de la
necesidad urgente del apostolado de los laicos en la Iglesia.
Cuando el Concilio Vaticano II habló de la vocación y misión de
los laicos en la Iglesia y en el mundo, pude experimentar una
gran alegría: lo que el Concilio enseñaba respondía a las
convicciones que habían guiado mi acción desde los primeros años
de mi ministerio sacerdotal.
VIII -
¿QUIÉN ES EL SACERDOTE?
En este testimonio personal no puedo limitarme al recuerdo de
los acontecimientos y de las personas, sino que quisiera ir más
allá para fijar la mirada mas profundamente, como para escrutar
el misterio que desde hace cincuenta años me acompaña y me
envuelve.
¿Qué significa ser sacerdote? Según San Pablo significa ante
todo ser administrador de los misterios de Dios: "servidores de
Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien,
lo que en fin de cuentas se exige de los administradores es que
sean fieles'' (1 Co 4, 1-2). La palabra "administrador" no puede
ser sustituida por ninguna otra. Está basada profundamente en el
Evangelio: recuérdese la parábola del administrador fiel y del
infiel (cf. Lc 12, 41-48). El administrador no es el
propietario, sino aquel a quien el propietario confía sus bienes
para que los gestione con justicia y responsabilidad.
Precisamente por eso el sacerdote recibe de Cristo los bienes de
la salvación para distribuirlos debidamente entre las personas a
las cuales es enviado. Se trata de los bienes de la fe. El
sacerdote, por tanto, es el hombre de la palabra de Dios, el
hombre del sacramento, el hombre del "misterio de la fe''. Por
medio de la fe accede a los bienes invisibles que constituyen la
herencia de la Redención del mundo llevada a cabo por el Hijo de
Dios. Nadie puede considerarse "propietario'' de estos bienes.
Todos somos sus destinatarios. El sacerdote, sin embargo, tiene
la tarea de administrarlos en virtud de lo que Cristo ha
establecido.
Admirabile commercium!
La vocación sacerdotal es un misterio. Es el misterio de un
"maravilloso intercambio" -admirabile commercium- entre Dios y
el hombre. Este ofrece a Cristo su humanidad para que El pueda
servirse de ella como instrumento de salvación, casi haciendo de
este hombre otro sí mismo. Si no se percibe el misterio de este
"intercambio" no se logra entender como puede suceder que un
joven, escuchando la palabra ''¡sígueme!'', llegue a renunciar a
todo por Cristo, en la certeza de que por este camino su
personalidad humana se realizará plenamente.
¿Hay en el mundo una realización más grande de nuestra humanidad
que poder representar cada día in persona Christi el Sacrificio
redentor, el mismo que Cristo llevó a cabo en la Cruz? En este
Sacrificio, por una parte, está presente del modo más profundo
el mismo Misterio trinitario, y por otra está como
"recapitulado'' todo el universo creado (cf. Ef 1, 10). La
Eucaristía se realiza también para ofrecer "sobre el altar de la
tierra entera el trabajo y el sufrimiento del mundo'', según una
bella expresión de Teilhard de Chardin. He ahí por qué, en la
acción de gracias después de la Santa Misa, se recita también el
Cántico de los tres jóvenes del Antiguo Testamento: Benedicite
omnia opera Domini Domino... En efecto, en la Eucaristía todas
las criaturas visibles e invisibles, y en particular el hombre,
bendicen a Dios como Creador y Padre y lo bendicen con las
palabras y la acción de Cristo, Hijo de Dios.
Sacerdote y Eucaristía
"Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque
has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has
revelado a pequeños (...) Nadie conoce quién es el Hijo sino el
Padre; y quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo
se lo quiera revelar'' (Lc 10, 21-22). Estas palabras del
Evangelio de San Lucas, introduciéndonos en la intimidad del
misterio de Cristo, nos permiten acercarnos también al misterio
de la Eucaristía. En ella el Hijo consustancial al Padre, Aquel
que sólo el Padre conoce, le ofrece el sacrificio de sí mismo
por la humanidad y por toda la creación. En la Eucaristía Cristo
devuelve al Padre todo lo que de El proviene. Se realiza así un
profundo misterio de justicia de la criatura hacia el Creador.
Es preciso que el hombre de honor al Creador ofreciendo, en una
acción de gracias y de alabanza, todo lo que de El ha recibido.
El hombre no puede perder el sentido de esta deuda, que
solamente él, entre todas las otras realidades terrestres, puede
reconocer y saldar como criatura hecha a imagen y semejanza de
Dios. Al mismo tiempo, teniendo en cuenta sus límites de
criatura y el pecado que lo marca, el hombre no sería capaz de
realizar este acto de justicia hacia el Creador si Cristo mismo,
Hijo consustancial al Padre y verdadero hombre, no emprendiera
esta iniciativa eucarística.
El sacerdocio, desde sus raíces, es el sacerdocio de Cristo. Es
El quien ofrece a Dios Padre el sacrificio de sí mismo, de su
carne y de su sangre, y con su sacrificio justifica a los ojos
del Padre a toda la humanidad e indirectamente a toda la
creación. El sacerdote, celebrando cada día la Eucaristía,
penetra en el corazón de este misterio. Por eso la celebración
de la Eucaristía es, para él, el momento más importante y
sagrado de la jornada y el centro de su vida.
In persona Christi
Las palabras que repetimos al final del Prefacio -"Bendito el
que viene en nombre del Señor...''- nos llevan a los
acontecimientos dramáticos del Domingo de Ramos. Cristo va a
Jerusalén para afrontar el sacrificio cruento del Viernes Santo.
Pero el día anterior, durante la Ultima Cena, instituye el
sacramento de este sacrificio. Pronuncia sobre el pan y sobre el
vino las palabras de la consagración: "Esto es mi Cuerpo que
será entregado por vosotros (...) Este es el cáliz de mi Sangre,
de la nueva y eterna alianza, que será derramada por vosotros y
por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto
en conmemoración mía''.
¿Qué "conmemoración"? Sabemos que a esta palabra hay que darle
un sentido fuerte, que va más allá del simple recuerdo
histórico. Estamos en el orden del "memorial" bíblico, que hace
presente el acontecimiento mismo. ¡Es memoria-presencia! El
secreto de este prodigio es la acción del Espíritu Santo, que el
sacerdote invoca mientras extiende las manos sobre los dones del
pan y del vino: "Santifica estos dones con la efusión de tu
Espíritu de manera que sean para nosotros el Cuerpo y Sangre de
Jesucristo Nuestro Señor". Así pues, no sólo el sacerdote
recuerda los acontecimientos de la Pasión, Muerte y Resurrección
de Cristo, sino que el Espíritu Santo hace que estos se realicen
sobre el altar a través del ministerio del sacerdote. Este actúa
verdaderamente in persona Christi. Lo que Cristo ha realizado
sobre el altar de la Cruz, y que precedentemente ha establecido
como sacramento en el Cenáculo, el sacerdote lo renueva con la
fuerza del Espíritu Santo. En este momento el sacerdote está
como envuelto por el poder del Espíritu Santo y las palabras que
dice adquieren la misma eficacia que las pronunciadas por Cristo
durante la Ultima Cena.
Mysterium fidei
Durante la Santa Misa, después de la transubstanciación, el
sacerdote pronuncia las palabras: Mysterium fidei, ¡Misterio de
la fe! Son palabras que se refieren obviamente a la Eucaristía.
Sin embargo, en cierto modo, conciernen también al sacerdocio.
No hay Eucaristía sin sacerdocio, como no hay sacerdocio sin
Eucaristía. No sólo el sacerdocio ministerial está estrechamente
vinculado a la Eucaristía; también el sacerdocio común de todos
los bautizados tiene su raíz en este misterio. A las palabras
del celebrante los fieles responden: "Anunciamos tu muerte,
proclamamos tu resurrección, ven Señor Jesús''. Participando en
el Sacrificio eucarístico los fieles se convierten en testigos
de Cristo crucificado y resucitado, comprometiéndose a vivir su
triple misión -sacerdotal, profética y real- de la que están
investidos desde el Bautismo, como ha recordado el Concilio
Vaticano II.
El sacerdote, como administrador de los ''misterios de Dios",
está al servicio del sacerdocio común de los fieles. Es él
quien, anunciando la Palabra y celebrando los sacramentos,
especialmente la Eucaristía, hace cada vez más consciente a todo
el Pueblo de Dios su participación en el sacerdocio de Cristo, y
al mismo tiempo lo mueve a realizarla plenamente. Cuando,
después de la transubstanciación, resuena la expresión:
Mysterium fidei, todos son invitados a darse cuenta de la
particular densidad existencial de este anuncio, con referencia
al misterio de Cristo, de la Eucaristía y del Sacerdocio.
¿No encuentra aquí, tal vez, su motivación más profunda la misma
vocación sacerdotal? Una motivación que está totalmente presente
en el momento de la Ordenación, pero que espera ser
interiorizada y profundizada a lo largo de toda la existencia.
Sólo así el sacerdote puede descubrir en profundidad la gran
riqueza que le ha sido confiada. Cincuenta años después de mi
Ordenación puedo decir que el sentido del propio sacerdocio se
redescubre cada día más en ese Mysterium fidei. Esta es la
magnitud del don del sacerdocio y es también la medida de la
respuesta que requiere tal don. ¡El don es siempre más grande! Y
es hermoso que sea así. Es hermoso que un hombre nunca pueda
decir que ha respondido plenamente al don. Es un don y también
una tarea: ¡siempre! Tener conciencia de esto es fundamental
para vivir plenamente el propio sacerdocio.
Cristo, Sacerdote y Víctima
A través de las Letanías que había costumbre de recitar en el
seminario de Cracovia, especialmente la víspera de la Ordenación
presbiteral, he tenido siempre presente la verdad sobre el
sacerdocio de Cristo. Me refiero a las Letanías a Cristo
Sacerdote y Víctima. ¡Qué profundos pensamientos provocaban en
mí! En el sacrificio de la Cruz, representado y actualizado en
cada Eucaristía, Cristo se ofrece a sí mismo para la salvación
del mundo. Las invocaciones litánicas recorren los diversos
aspectos del misterio. Me recuerdan el simbolismo evocador de
las imágenes bíblicas que están entretejidas. Me vienen a los
labios en latín, como las he recitado en el seminario y después
tantas veces en los años sucesivos:
Iesu, Sacerdos et Victima,
Iesu, Sacerdos in aeternum secundum ordinem Melchisedech, ...
Iesu, Pontifex ex hominibus assumpte,
Iesu, Pontifex pro hominibus constitute, ...
Iesu, Pontifex futurorum bonorum, ...
Iesu, Pontifex fidelis et misericors, ...
Iesu, Pontifex qui dilexisti nos et lavisti nos a peccatis in
sanguine tuo, ...
Iesu, Pontifex qui tradidisti temetipsum Deo oblationem et
hostiam, ...
Iesu, Hostia sancta et immaculata, ...
Iesu, Hostia in qua habemus fiduciam et accessum ad Deum, ...
Iesu, Hostia vivens in saecula saeculorum.
(EI texto completo de las Letanías se encuentra en el Apéndice)
¡Cuánta riqueza teológica hay en estas expresiones! Se trata de
letanías profundamente basadas en la Sagrada Escritura, sobre
todo en la Carta a los Hebreos. Es suficiente releer este
pasaje: "Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, (...)
penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de
machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre,
consiguiendo una redención eterna. Pues si la sangre de machos
cabríos y de toros (...) santifica con su aspersión a los
contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto
más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a
sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas
nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!" (Hb 9,
11-14). Cristo es sacerdote porque es el Redentor del mundo. En
el misterio de la Redención se inscribe el sacerdocio de todos
los presbíteros. Esta verdad sobre la Redención y sobre el
Redentor está enraizada en el centro mismo de mi conciencia, me
ha acompañado en todos estos años, ha impregnado todas mis
experiencias pastorales y me ha mostrado contenidos siempre
nuevos.
En estos cincuenta años de vida sacerdotal me he dado cuenta de
que la Redención, el precio que debía pagarse por el pecado,
lleva consigo también un renovado descubrimiento, coma una
"nueva creación", de todo lo que ha sido creado: el
redescubrimiento del hombre como persona, del hombre creado por
Dios varón y mujer, el redescubrimiento, en su verdad profunda,
de todas las obras del hombre, de su cultura y civilización, de
todas sus conquistas y actuaciones creativas. Después de mi
elección como Papa, mi primer impulso espiritual fue dirigirme a
Cristo Redentor. Nació así la Encíclica Redemptor hominis.
Reflexionando sobre todo este proceso veo cada vez mejor la
íntima relación que hay entre el mensaje de esta Encíclica y
todo lo que se inscribe en el corazón del hombre por la
participación en el sacerdocio de Cristo.
IX -
SER SACERDOTE HOY
Cincuenta años de sacerdocio no son pocos. ¡Cuántas cosas han
sucedido en este medio siglo de historia! Han surgido nuevos
problemas, nuevos estilos de vida, nuevos desafíos. Viene
espontáneo preguntarse: ¿qué supone ser sacerdote hoy, en este